Reflexión 4. Ser esto...ser aquello...



                             Griots, narradores de cuentos de África.


Cuenta, cuenta, que contarás..
¿Eres veraz?
Para los chiquillos que juguetean a la luz de la luna, mi cuento es una historia maravillosa.
Para las hilanderas de algodón durante las largas noches de la estación fría, mi relato es un pasatiempo deleitoso.
Para los mentones velludos y los talones rugosos, es una auténtica revelación.
Soy por tanto, al mismo tiempo, fútil, útil e instructivo.
Cuéntalo entonces para nosotros..

    Se ha dicho que las palabras no pueden expresar la verdad directamente y que la distancia más corta entre nosotros y la verdad es un cuento. Nuestro Yo dominante puede ser atravesado y sorteado gracias a un cuento. Los cuentos poseen una sencillez y una gracia que puede penetrar la coraza de las defensas conscientes. En la cultura tradicional la sabiduría siempre se ha transmitido oralmente, a menudo, en forma de cuentos. Hay que tener en cuenta que no se trata solo de información: es el encuentro de personas que se reúnen, la ocasión, la conciencia y penetración del narrador, todo ello y más factores crean una ocasión que no se repetirá. Muchas veces el "griot" en la cultura africana, el narrador de historias, se adentra en el pueblo, todos se reúnen a su alrededor, comienza una historia y según la composición de la situación la contará de un modo u otro. Tiene diferentes versiones. Puede parar en un momento dado y continuarla semanas después. Así, pues, vamos allá con un cuento.

    Debéis saber, amigos y amigas, que hubo una vez un rey que decidió reclutar todo el conocimiento disponible. Ordenó buscar arquitectos, médicos, mecánicos, físicos (teóricos y prácticos), expertos en computación cuántica, ingenieros, biólogos e incluso astronautas... Fue increíble la recepción. Todos estos genios del conocimiento más desarrollado de la tierra estaban ahora frente al rey, quien preguntaba por sus éxitos, características de sus conocimientos, utilidades para el reino, y así sucesivamente. El rey sentía que ahora su trabajo se completaba. Pretendía ser un rey justo y llevar el progreso a su reino, y estaba cumpliendo su palabra. El primer ministro habló al rey:

- Majestad, ¡aún falta hablar con el viejo sabio! ¡No le ha preguntado nada sobre sus conocimientos!

- ¿El viejo sabio? ¡Ah, sí, es cierto! Que se acerque al trono para poder escucharlo.

Invitado por el primer ministro, el sabio se inclinó gentilmente ante el rey.

- Y bien, eres el sabio, ¿no es así? ¿Podrías decirnos en qué consisten tus conocimientos, qué utilidades puedes ofrecer al reino? - dijo el rey.

- Majestad, todos mis conocimientos consisten en ser, todos mis esfuerzos estuvieron centrados en el arte de ser.

    El rey estalló en una gran carcajada.

- ¿Ser? ¿Insinúas que los que estamos aquí no somos? ¿Que los científicos que nos acompañan carecen de ser? Porque, sinceramente, nunca oí mayor vacuidad que esa. ¡Espero que eso tenga algún sentido porque de lo contrario tendré que castigar tamaña insolencia.

- Majestad, solo digo que mi arte consiste en ser lo que realmente soy. Desconozco la sabiduría que sobre ese asunto tengan los presentes, pero a lo largo de mi vida he experimentado que los seres humanos no son lo que creen ser.

- Cada vez eres más abstruso. ¡Qué palabrería tan falaz! Comparado con los ingenieros y los científicos, pareces un bufón. Di, yo soy rey. ¿Pretendes decir que no soy lo que soy? ¿Pretendes decir que no soy rey?

- Majestad, todos podemos ver que usted ejerce como rey, que puede forzar a un anciano a estar aquí dando explicaciones abstrusas que nadie puede o quiere comprender. Pero, ¿usted ya fue mendigo?

- ¿Mendigo yo? ¿Quieres ir directamente a la cárcel? ¿Qué clase de bribón eres?

- Majestad, no es mi intención ser insolente. Solo hago mi trabajo.

- Pues explícate. ¿Qué quieres decir con eso de ser mendigo?

- Majestad, si se trata de ser rey, la condición primaria será "ser", ¿no es así?

- Evidentemente.

- Y solo después podremos ser esto o aquello.

- No necesitamos sabios para saber eso, es evidente.

- En ese caso, también es evidente que "ser" involucra las diferentes posibilidades y sus opuestos. Entendemos algo a partir de la oposición con lo que se le opone. Por ejemplo: macho/hembra, par/impar, día/noche. ¿No piensa que, justamente para entender lo que significa ser rey, su poder y soberanía, debemos hacerlo a través de su opuesto, el mendigo, que implica carencia de poder y dependencia?

- No veo que se aplique a mi caso. Yo soy rey y nunca fui mendigo.

- Majestad, si es rey, será rey de los mendigos de su reino, ¿no es así?

- ¡Que nadie lo dude!

- ¿Cómo puede gobernar algo sin conocerlo? Si no sabe lo que es ser mendigo, ¿cómo puede gobernarlos?

- ¿Insinúas que no conozco mis funciones como rey?

- Solo aplico mi ciencia basada en el arte del ser. Puede ser que la condición de rey no sea ahora plena, ya que acaba de reconocer que hay deficiencias en la realidad de su ser. ¿Cómo puede entonces "ser rey"?

    Llegados a este punto, el rey sintió tal ira que deseaba cortarle la cabeza al sabio, pues tenía la sensación de que se había dejado enredar en sofismas ridículos, frente a toda la corte y ante todos los expertos. La tensión era palpable, se podía cortar con un cuchillo. Pero se contuvo y, utilizando sus dotes diplomáticas, habló con gravedad.

- Para ser sincero, no estoy convencido de esa dialéctica que, como un prestidigitador, saca un conejo de la nada. ¿Podrías ofrecernos una demostración práctica de tu conocimiento de manera que todos podamos evaluar a través de la experiencia, y no de simples argucias retóricas, ese saber que dices profesar?

- Sin duda, majestad, pero tenga en cuenta que no puedo prescindir completamente de las palabras, ya que son parte de mi técnica. Lo que sí puedo hacer es ofrecer un juego.

- ¿Un juego?

- Sí. No se trata de razonar. Se trata de que a cada cosa que yo diga, su majestad diga "Lo creo". Cualquier otra palabra que utilice y perderá el juego.

- ¿Y piensas que con eso vas a mostrar algo? Es muy fácil. Comencemos ya.

- Antes necesito la garantía de que si usted no supera la prueba, yo pueda dejar la corte sin represalias y bajo su protección para mí, mi familia y mi aldea.

- Eso está hecho. ¡Pero si es al revés, no me siento obligado a cumplirla! - Y dejó caer una risa cínica.

- Comencemos con el juego -dijo el sabio.

- Estoy preparado -habló el rey.

- Tengo cinco mil años y he reencarnado cientos de veces. Fui un insecto, una prostituta y un mendigo.

- Lo creo.

- Puedo estar presente en varios lugares al mismo tiempo.

- Lo creo.

- Conozco donde se ocultan tesoros y maravillas que harían rico a un hombre durante millones de años.

- Lo creo.

- Viajé a las estrellas y visité otros planetas en segundos que parecieron años.

- Lo creo.

- Caminé por mercados y ciudades de todo el mundo y conozco más personas que habitantes de su reino.

- Lo creo.

- En una de las travesías conocí a su padre y a su madre.

- Lo creo.

- Su padre era un vulgar proxeneta y su madre una prostituta de los arrabales.

- ¡Prendan al infame! ¡Miserable traidor! ¡Veneno de las cloacas!

- Majestad, solo se trata de una broma y un juego. ¡Y no superó la prueba! Debe cumplir su palabra y dejar salir a este anciano que nada tiene que aportar a la corte.

    Y así fue como el sabio dejó la corte del rey, que se sintió aliviado de liberarse de tan inútil carga. El sabio se perdió entre los mendigos. En cuanto al resto de los expertos, técnicos y también algunos aduladores, fueron rápidamente empleados para el bien del Estado, elogiados y ensalzados con una gran fiesta que duró diez días.

    Por cierto, que el viejo se llamaba Pir-i-Lampo y algunos dicen que aún está vivo.


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